martes, 27 de diciembre de 2011

Amante Celosa



Como amante celosa nos envuelve con sus gélidos abrazos. Su húmeda respiración acaricia nuestros cálidos rostros atravesando nuestra piel y enfriando nuestro calor. Tu aterida estampa seduce nuestros sentidos, cegando nuestras miradas. Nos rodea con su halo y nos transporta con su fría brisa a su mundo invernal lleno de misterios y numerosas fantasías.

Y aunque glacial es su corazón, reaviva en nosotros la llama de la imaginación. Los pies, como seres autónomos, nos adentran en su mundo. Imaginamos historias, nos envuelven sus sentimientos, sentimos con sus personajes... sin querer nos volvemos ellos. Los personajes que imaginamos se adueñan de nosotros confundiendo a nuestra mente. Nos engaña y nos ofusca... y en brazos de la celosa amante me pregunto:

¿Qué es realidad?, ¿Qué es ficción? y con una risotada como respuesta nos mece volviéndonos a nuestra realidad...habiendo depositado pequeñas semillas de creatividad...






Concurso "Mil Palabras"

Concurso "Mil Palabras"

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El inexorable paso del tiempo



Quisiera retener el inexorable paso del tiempo, deseando que siempre estés a nuestro lado.  Observo y casi sin darme cuenta ya nos has abandonado. 

Ya no quedan hojas en los árboles, el impetuoso inverno llegó antes de hora mostrando su cara más fría. Ya no puedo sentir tu fresco aliento en mi cara mientras paseo por las hojas caídas. Arrastraba los pies sumergiéndolos en ellas y deleitándome con sus suaves murmullos al caminar. 

¡¡Era un momento mágico!, y aún sabiendo que volverás, que dentro de un año te volveré a sentir, siento ya la añoranza de haberte perdido.

El viento frío del invierno se entretiene revolviendo mi pelo. Trisca colándose por mis rizos deslizándose por ellos, como un niño se dejar caer por la rampa de un tobogán. Juguetea,  juega conmigo viene y desaparece...




Un remolino me obliga a girar la cabeza y mis ojos se detienen, por un momento pensé  que el tiempo se había detenido un instante ante mi, ofreciéndome la increíble fusión de mi añorado otoño y del irrefrenable invierno.




¡¡Una visión única, maravillosa!!



Y aunque el invierno apareció sin avisar, por la puerta de atrás desplazando al cálido otoño, me maravillo por las imágenes que mis ojos pudieron captar.




viernes, 11 de noviembre de 2011

Capítulo 1º,"Flores Blancas"





Esperaba sentada, en una de las varias sillas vacías que había en la terraza, a la espera de que el camarero le trajera su habitual cappuccino matutino. Sabrina miraba relajada, cómo las pequeñas nubes se movían danzando por aquel cielo veneciano, mientras los minúsculos rayos de sol jugaban a hacer figuras en el Campo di San Polo. Una suave brisa primaveral acarició su cara meciendo ese rizo negro que siempre se le soltaba.
Sabrina miró hacia la puerta de la cafetería ansiosa por degustar su cappuccino. Sus miradas se encontraron y el amable camarero muy sonriente le dijo:
-Su cappuccino, señorita
-Muchas gracias- contestó Sabrina mientras sacaba las monedas para pagarle.


Se sentía satisfecha, desde que había llegado a Venecia se había demostrado a sí misma que ese intenso año estudiando Italiano estaba dando sus frutos. Se desenvolvía con soltura en un país que no era el suyo, con una lengua que no era la materna. Se encontraba a gusto, tan bien que a veces olvidaba su país, su tierra natal y su vida en España.
Sabrina se tomaba el cappuccino sólo, sin azúcar. En Venecia había descubierto un sabor diferente en esa deliciosa bebida, por eso siempre lo tomaba sólo.
-¡Aquí es tooodo taaaan diferente!- pensó mientras agarraba con ambas manos la taza caliente. El cappuccino humeaba, su olor se impregnó en las fosas nasales de Sabrina. Suspiró y dio un sorbo corto.
Tan sólo faltaban dos días para que acabasen sus vacaciones y su ánimo empezaba a decaer. Se encontraba feliz en esta tierra. La tierra de sus antepasados. Hacía varios años que deseaba venir a verla y alternar con sus gentes. Había estado ahorrando todo el año para permitirse este viaje. Quería conocer sus raíces, y pisar la tierra de su tatarabuela.
Se lamentaba por no tener contacto con los familiares lejanos. Su madre había muerto al nacer ella, y con su muerte se llevó toda la esperanza de conocer a su familia italiana. Su padre, sumido en la tristeza, tampoco le supo decir mucho más.
Mientras se acababa el cappuccino, se prometió que algún día volvería para conocer a fondo sus raíces y con un poco de suerte relacionarse con algún primo o tío lejano.
Se levantó y encaminó sus pasos sin rumbo fijo. Había dejado las compras para los últimos días. El sestiere di San Polo era la zona más comercial de Venecia, por eso al levantarse por la mañana se había dirigido allí. Comenzó a caminar por las callejuelas con paso lento. En el cruce de la calle por la que caminaba, se encontró a su derecha una pequeña tiendecilla con un gran cartel que ponía Antiquario. Se detuvo mirando el reducido escaparate y llevada por un impulso entró.
-¿Curiosidad?- se preguntaba extrañada al verse dentro mientras acompañaba la puerta con la mano. Siempre se había guiado por sus instintos o, como decía ella, por su sexto sentido.
-¡Si estoy aquí, por algo será!- pensaba mientras abría los ojos mirando con atención.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La Casa


Aparcó el coche en una de las calles adyacentes del caso antiguo. Llegaba tarde a su cita, cogió con prisa el bolso y la nota que tenía en el asiento del copiloto. Cerró las puertas y se encaminó presurosa por la estrecha calle que tenía a su derecha, mientras el sol que se colaba por los tejados revivía ese entorno sombrío.
Hace tres días, Lucia recibió una llamada en su inmobiliaria de alguien que quería vender su casa. Al otro lado del teléfono, una voz dulce, pero a la vez llena de energía le preguntaba si podría desplazarse hasta Barbastro. Aquel hombre de voz jovial se presentó como Miguel. Se sintió cautivada por aquella desconocida voz decidiendo, movida por la curiosidad, hacerle un hueco en su apretada agenda.
Intentó acelerar sus pasos, pero el empredado de la calle hacía que fuera una lucha difícil pues sus tacones se encajaban entre los pequeños huecos de las piedras. En su caminar, Lucía observaba las típicas casas de un barrio antiguo; pequeñas, grandes, reformadas, viejas... ¡un conjunto muy variopinto con una acusada personalidad!. Aquellas calles no dejaban indiferente a ningún transeúnte.
En su mano derecha llevaba arrugado un pequeño papel donde había escrito con trazos ágiles la dirección y unas anotaciones para no perderse en ese laberinto de calles. Se paró para observar la bifurcación que tenía enfrente. Miró su estrujada nota y adenlantandose unos pasos examinó con detenimiento el lugar. La pequeña calle que tenía delante acababa en un espacio más ancho. Caminó por esa calle absorta en un solo pensamiento, Miguel. De ese modo llegó a ese espacio que antes había visto. Sus pasos la llevaron al centro de la plaza, la Plaza de la Candelera, justo la dirección donde había quedado con Miguel. Entre los dispares edificios que rodeaban la plaza destacaba una gran casa. En su cuidada puerta de madera resaltaba en color negro el número 6. Encaminó sus pasos por una pequeña cuesta que accedía a la casa, mientras arrugando el papel lo metió en el bolso.
En su mente dos preguntas bailaban sin cesar; ¿Quién era ese hombre que con una sola llamada había conseguido cautivarla?.. y ¿porqué quería vender una casa así?. Buscando respuestas llegó a la puerta. Se paró y respiró profundamente. Sus dedos acariciaron los estrechos ladrillos de la pared buscando el botón del videoportero que estaba a su izquierda.
De repente se abrió la puerta, no había nadie, ni rastro de ningún hombre. No se atrevió a entrar, tan solo inclinó un poco su cuerpo hacía adelante para que sus ojos se acostumbraran a la semi-penunbra del interior. Recuperó su postura y dio un paso hacia atrás mientras buscaba en su bolso el pequeño papel arrugado, pensando que se había equivocado de dirección.
¡Aquello no era una casa, era un museo!.
Una gran estancia vestida por múltiples y variados objetos de otras épocas.
Sus ojos estaban perdidos en el bolso, una voz la sobresaltó. Miró al frente, delante de ella había un hombre alto, de ojos azules, rubio... pero de edad indefinida tendiéndole la mano.
  • Hola Lucia, soy Miguel. Y no, no te has equivocado. Esta es la casa de la que te hablé, la que quiero vender, mi casa.- le dijo mientras estrechaba la mano de Lucia.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Lucía al estrechar la fría mano de Miguel. Lucía sorprendida por la reacción de su cuerpo entró en la casa despacio. Miguel mientras tanto le indicó con un gesto amable de su estilizada mano que avanzara al interior.
Miguel cerró la puerta de entrada, ambos se quedaron en silencio, ella observando todos los viejos utensilios que había colgados en la pared y él observándola a ella.
Se acercó a Lucia despacio sin hacer ruido y estando a su altura le dijo:
  • Ven conmigo, sígueme.
Ella sintió escalofríos y un aire frío recorrió su espalda erizándole el vello de los brazos.
Al ver su reacción Miguel le dijo:
  • No te preocupes, es una casa vieja, tiene más de 200 años. Los muros son muy gruesos y siempre se nota frío aquí abajo. Anda acompáñame y se te pasará.
Subieron por la ancha pero corta escalera que conducía al piso superior, dejando atrás unas cuantas puertas sin abrir y estancias sin visitar. El ambiente continuaba frío, a pesar de los múltiples apliques de luz que había colgados en la pared. Miguel se paró delante de una bella puerta de madera y cristal, bajó la manecilla dorada y entró en una gran estancia. Cuando entró Lucía las luces de la antigua lámpara empezaron a parpadear, Miguel se acercó al interruptor de la luz y lo accionó dos veces quedando fija la luz. Su voz resonó en todo el comedor:
-¡Estas casas viejas!...- dijo mirando a Lucía.
Aquello le puso nerviosa, aún no había podido quitarse ese frío tan helador que tenía dentro. Miguel se acercó a ella incitándole a que le siguiera. Siguieron subiendo por las escaleras, de pronto un gran ruido se oyó en el piso de arriba y después el silencio. No se oyeron voces, sólo extraños ruidos. De nuevo en el silencio, miles de preguntas asaltaban la mente de Lucía acelerando su pulso y sintiendo sensaciones incomodas en su cuerpo. Una nueva ráfaga de aire rozó su cuello desnudo. Se giró, pero allí no había ninguna ventana de donde pudiera venir el aire.
-¿De dónde provenía ese aire?- fue la última pregunta que se sumaba al revoltijo que recorría por su mente.
Al doblar en la escalera, un impulso hizo que Lucía girase su cuello para ver el gran espejo que había en la pared. Se paró en seco, no podía creer lo que estaba viendo. Se frotó los ojos con sus puños y volvió a mirar. Su pulso se aceleraba cada vez más, sentía las pulsaciones en su sien. Le costaba respirar. Sentía miedo.
  • ¿Por qué no veía reflejada la imagen de Miguel en el espejo?- una nueva pregunta asaltando su mente.
Miguel viendo paralizada a Lucia soltó una sonora carcajada que se oyó por el gran hueco de la escalera:
  • ¡Parece que hayas visto un fantasma!- dijo mientras bajaba por las escaleras tendiéndole la mano.
Sus ojos se clavaron en los de ella. Lucía se estremeció al ver un abismo en esos ojos claros. Mientras subía por las escaleras se obligó a pensar en la casa como una mera transacción económica. Una casa cuidada, de gusto exquisito aunque en algunos espacios la decoración era algo barroca, un producto difícil, eso sin pensar en las extrañas sensaciones que notaba en la casa. Decididamente no, no quiero tener esta casa en mi inmobiliaria. Se pararon en la única puerta que estaba cerrada. Miguel hizo un gesto extraño en la puerta que ella no alcanzó a ver bien, su cuerpo lo tapaba. Agarró la manecilla con decisión y abrió la puerta, él entró hasta el medio de la espaciosa habitación y sonriendo le dijo:
  • No te preocupes, seguro que los ruidos que oíste eran de la casa de al lado.
Miguel se distrajo un segundo mirando por la amplia ventana. En aquel momento ella entró, Miguel había dejado de sonreír. Justo al otro extremo de la habitación, había otro gran espejo. Lucia se acercó de puntillas sin hacer ruido para ver el reflejo en el espejo. Su corazón latía cada vez más rápido, apenas podía respirar. Sentía como si el corazón le fuera a salir del pecho. En el espejo consiguió ver una silueta de perfil. Un ser deforme que no era de este mundo. Una gran cabeza desproporcionada con profundos surcos en la piel, en una piel negra como el carbón.
El terror la paralizó, quería huir. Tapó la boca con sus manos ahogando los gritos del miedo. Respiró profundamente y cuando pudo gritar, despertó. Lucia se encontró sentada en su cama. Aún era de noche, fuera todo estaba oscuro. Todo había sido un mal sueño... o una advertencia. Se acostó con la única idea de llamar a Miguel para anular su cita.

martes, 18 de octubre de 2011

Carta de amor


Cariño mío:
En estos días de primavera, cuando el sol con sus tibios rayos calienta mi rostro, siento la imperiosa necesidad de expresar el remolino de sentimientos que experimento en mi interior. Escribo a corazón abierto para ti porque temo que se desvanezca la intensidad con la que ahora lo siento y cuando puedas comprenderme, no pueda transmitirte con vehemencia todo lo que siento en estos momentos. Sé que tardaras muchos años en poder leer esta carta y todas las sucesivas, pero no quiero dejar volar las infinitas sensaciones que noto al pensar en ti.
Y aunque estas palabras no puedan expresar la magnitud de mi amor, por lo menos sé que estas cartas serán testigos de un ínfima parte de todo lo que siento arremolinado en mi corazón.
Jugueteo con el bolígrafo en los dedos y me regodeo imaginando tu dulce rostro y, sin haberte conocido, siento que ya te amo.
Noche tras noche noto como me robas el sueño, pero no te culpo. Al contrario, te agradezco ese momento que me permite continuar soñando contigo.
Me desvivo pensando en ti y, en los miles de suspiros que me arrancas, me prometo darte lo que tengo, aunque sea mi vida. También me prometo darte aquello que no poseo.

La alegría de amarte disuelve cualquier nubarrón negro de miedo, disipa el temor trasformándolo en espera, infinita paciencia y dulce esperanza.


Mis ojos se humedecen y alguna lágrima furtiva resbala por mi mejilla cuando pienso en ti. Cuando pienso en ti ilimitadas ilusiones creo, imaginando un universo de estrellas que alumbren tus miedos desapareciendo en la oscuridad. Imagino astros luminosos colgados en tu lecho iluminando tus desvelos.

Te imagino teniendo estas cartas entre tus manos temblorosas, leyendo cada línea sorprendido y extrañado, pensando e imaginando como puedo amarte antes de que realmente existas.

Pero créeme cuando te digo que ya te amo, hijo mío. Te amo aunque aún no te haya conocido. Te siento dentro de mí, vives dentro de mí y cuando oigo mi corazón, siento el mismo latido en tu diminuto corazón. Elegí la difícil profesión de ser madre, pero es una vocación que llevo dentro.
Soy tu madre, soy mamá para ti. Y cuando el frío viva en el ambiente llegarás a este mundo, pero no temas mi amor, mi corazón cálido te arropara. Tendrás siempre mi dedo para aferrarte con tu chiquitina manita para emprender el arduo camino de la vida y vivir.
Tu mama.